martes, 4 de mayo de 2010

Re-encantamiento (de la profesión)

La tía Tamara era una joven ejemplar, tercera de cuatro hermanos en una familia donde el padre no alcanzó a conocer la escuela y la madre tuvo la ilusión de sentirse estudiante sólo hasta el 3º de preparatoria.
Una noche de diciembre tomó rumbo a Antofagasta, previo a haber acordado por carta un alojamiento seguro en casa de una tía lejana.
Ansiosa, se despidió se su familia sin llorar, sabía que no iba a la vuelta de la esquina pero confiaba en la buena estrella que alumbra la frente de las personas constantes y esforzadas.
Fue recibida como se acostumbra a recibir a los familiares que vienen de la capital, con muchas preguntas y comida. Le asignaron una habitación independiente con ventana hacia el patio, un enorme ropero donde distribuyó sus pocas pero bien elegidas prendas y una cama con somier de alambre y colchón de dos piezas que se hundía al medio formando un nido, cuyo algodonado espacio no contribuía al sofocante calor que por las tardes acostumbra recoger la siesta de los habitantes del norte.
La mañana del lunes partió muy temprano a tramitar su matrícula en la universidad; Pedagogía General Básica, para ser una niña de bien se puede elegir un futuro como profesora o enfermera.

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¡Qué bueno es tener las cosas claras! ¡Las metas claras! Pudo disfrutar tanto la Navidad que pasó en Santiago junto a su familia, adornó el árbol como cada año, cenaron y repartieron los regalos. Una semana más tarde los más enfáticos abrazos de año nuevo fueron para ella deseándole lo mejor en su próxima etapa por vivir, en otro lugar, con otra familia y una nueva y gran responsabilidad. Disfrutó cada día del verano saboreando los almuerzos bajo el parrón que remataban con la correspondiente sandía con harina tostada de postre.
La carrera no era demasiado exigente, sus compañeras, casi todas de seño femenino, eran jóvenes de distintos lugares del país, amables y generosas como cualquiera que se halle lejos de familia. Su horario le permitía trabajar como secretaria ayudante de la secretaria de su director de carrera, lo que significaba un gran aporte para los gastos básicos de cualquier estudiante universitaria.
Los años pasaban como de costumbre, entre pruebas, exámenes y trabajos en grupo, buenas relaciones con su familia adoptiva, mientras ayudara con el aseo y orden de la casa, y veranos maravillosos durante los cuales se abastecía de comida y cariño para el resto del año, acarreando en marzo enormes bolsos cargados de mermeladas, mate, y pan amado por su madre, que no alcanzaba a durar una semana.
A finales del quinto año recibió su título en una pequeña ceremonia donde sólo pudieron asistir su tía y su primo menor, quien se encargó de tomar las fotografías para la familia que esperaba en santiago a su hija profesora.

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Su primer alumno en la vida, había sido su propio padre (mi abuelo), cuando ella tenía unos 10 años y cursaba el cuarto año básico, cada noche durante un año enseñó las lecciones del silabario y más tarde avanzó con el Santillana de castellano para primero básico.
Tenía carisma con los alumnos y sus apoderados, generaba vínculos, cada día enseñaba las materias intercalándolas con canciones y hasta bailes, para hacer del colegio una escuela de magia, magia del alma y de la mente.
La tía Tamara no tenía tiempo para pololear pero sí para tener buenos amigos y amigas, cada fin de semana organizaban juegos de cartas, asados o salidas al cine, en las vacaciones de verano, tomaba sol en los prados de la piscina municipal junto a sus amigas. En una de esas salidas fue cuando me obstiné en ir con ellas, tuvieron que agregar mi toalla y mi traje de baño al bolso y subirme a la micro para que parara de llorar.
La verdad es que me encantaba estar con la tía, la miraba y la admiraba, sus uñas perfectas, su cabello peinado, su ropa siempre limpia y perfumada con la Sweet Honesty de Avon. Unas de las cosas buenas de salir con la tía era que se me otorgaba el honor de recibir unos toques de la colonia detrás de las orejas y quedaba todo el día oliendo a la tía Tamara.
Íbamos las dos a la misma escuela, ella al 5º básico y yo al pre-kinder, tomábamos desayuno en la sala de profesores, entre pruebas y tiza los profes que ella llamaba “colegas” me regaloneaban como la mascota del colegio.
Volvíamos cansadas pero contentas, después de tomarme la leche y bañarme, con el pijama puesto la acompañaba un ratito mientras corregía pruebas, al día siguiente despertaba muy temprano en mi cama sin recordar como había llegado ahí.
Nuestros caminos se separaron cuando mis padres pudieron dar el pie para una casita nueva en otra comuna. Debí encontrar un nuevo colegio y asumir la vida como un camino propio.
Me sorprendió cuando un sábado por la mañana apreció la tía Tamara de visita como de costumbre con del tío Daniel, pero acompañada además por un hombre al que a ratos le tomaba la mano y con el cual conversaban en medio de carcajadas.
Pasó todo el día y no tuvimos tiempo para jugar como siempre, y tampoco disfruté de observarlas mientras cocinaban con mi madre porque pasó la mayor parte del tiempo sentada al lado de aquel hombre. A ratos en el living y otros en el patio, yo los seguía a todas partes e intentaba interponerme entre ellos proponiendo algún juego pero a cada intento recibía por respuesta un ¡Vaya a jugar con su tío Daniel!, que por esos años no me daba ni bola.
Todos fuimos creciendo, la tía Tamara se casó y tuvo sus propios hijos, el tío Daniel se fue a Valparaíso a estudiar Pedagogía en música, y yo aprendí a compartir la atención de mis padres con tres hermanos menores.
Busqué mi propia historia y me puse a pololear con un chiquillo del colegio, dimos la prueba de aptitud académica y con un puntaje espectacular mi pololo entró a Medicina Veterinaria en la Universidad y yo con mis escuálidos 570 puntos me matriculé en Pedagogía en Inglés, sintiendo que mis sueños de estudiar teatro se iban alejando un poco más.

Con la inmadurez de la juventud se nos pasa la vida entre besos y abrazos mientras los académicos hacen esfuerzos por concentrarnos en su clase, y nada, me eché dos veces fonética y mi pololo hizo lo propio con no sé que ramo.
Y ahí estamos, buscando trabajo para hacer algo, ayudando en la casa como una nana puertas adentro mientras mis padres felices de tenerme a cargo del buque aprovechan de hacer sus cosas, y mi pololo y yo creyendo que la juventud es eterna pensamos que para la otra será y nos preparamos para dar la prueba otra vez.
La prueba no es para mí, lo repito mientras enjuago la ropa en el lavadero del patio muerta de frío. Las clases del preuniversitario más rasca que encontramos no me entran ni me salen, pasan de largo, estoy cayendo en una profunda depresión, no soy ni estudiante ni dueña de casa ni formo parte oficial de la masa trabajadora.
Mi puntaje da pena, y mi pololo muy mateo, entra a estudiar psicología en una universidad tradicional, cada vez me siento más tonta, más invisible, no pertenezco al sistema, cuando llega una cuenta me ofrezco ansiosa para "salir" a pagarla, y tener la extraordinaria oportunidad de tomar el metro o la micro, compartir aunque sea por un rato las caras de otras personas.
Como la depresión avanza sin consideración, restregándome en la cara la vida universitaria de mi pololo, busco una sicóloga, que si bien no toma mi caso, me deriva a un taller de teatro de cual lograré asirme como a un trozo de madera en medio del mar. La vida comienza de nuevo, amigos, actividades, compromisos, y sueños. Esta vez elijo un preuniversitario de mayor prestigio, pero es igual al anterior, la diferencia es que quiero aprender, me doy cuenta que me encanta la historia, y el lenguaje y en matemáticas no lo hago tan mal, igual el asuntillo de los ensayos y la famosa prueba me tiene sin cuidado, para ser sincera me carga.
El puntaje me alcanzó para quedar en un orgulloso puesto numero 148 en la lista de espera de pedagogía básica. La lista corrió con todos los otros estudiantes que eligieron salvar su futuro y matricularse en otra carrera. Y ahí llegué yo, desde el primer día de clases armando polémica. Que cómo era posible que no tuvieran claro los incompetentes, en dónde teníamos la famosa clase de bases de la educación I, por fin después de recorrer en rebaño la universidad entera, dimos con la clase que duró veinte minutos donde escuchamos puras huevadas de la vida personal de la profesora.
La vida universitaria no era tan diferente de como la imaginaba, hartas clases malas, profes antiguos repitiendo la misma planificación que habían hecho hace treinta años y compañeros que no entendían para dónde iba la micro, pero como los trabajos en grupo eran pan de cada día, entre todos hacíamos algo que se parecía a lo que los profes pedían. También en grupo hacíamos las monedas para salir de "El tiempo en la botella" con las mochilas sobre exigidas en su capacidad con las cajas de vino amenazando con reventar el cierre.
Nunca, en toda la carrera dejé de acomodarme en mi cama a disfrutar de un reparador sueño por causa de una prueba - hasta tuve tiempo de casarme con mi eterno pololo-, excepto una noche en que el trabajo a presentar requería tal cantidad de manufactura de material didáctico en miniatura que a pesar de los litros de café, el juego de encaje verbal me sacó de quicio y lo cedí a mi compañera para encargarme del dominó de palabras.
Hice la práctica en un colegio muy tradicional, un cuarto básico de 42 alumnos cuya principal característica era el mutismo que presentaban los alumnos ante su profesora jefe, una señora estacionada en sus 63 años como un tanque de guerra varado camino a la cima de un cerro, ya no procuraba ni le interesaba subir más.
Yo intentaba llevarme bien con ella y con los niños, aunque ella se encargaba de dejarme bien en claro que ambas cosas eran incompatibles. Yo hacía mi mejor esfuerzo y no lograba reconocerme frente a ese modelito en unas décadas más, definitivamente me sentía más identificada con los alumnos, puedo afirmar que toda la práctica fue como un deja vú de cuatro meses.
Elaboré mi portafolio acomodada en el bufete del abogado del diablo, despotricando contra la imperturbable obsesión por el SIMCE de ése colegio y defendiendo a regañadientes el desempeño de la profesora jefe, no fuera a ser que me evaluara mal.
Llegué atrasada a la ceremonia de egreso, y tuve que salir al final con el grupo de alumnos de la sede Graneros, igual mis padres estaban contentos y mi marido también. Fuimos a celebrar y realmente se veía felicidad en el rostro de mis compañeras, lo atribuí a la diferencia de edad, probablemente si me hubiera titulado de cualquier cosa a los veinte habría saltando en una pata como ellas.
Fui contratada en un colegio "alternativo", y pensé que mi buena estrella había brillado para no hacerme sufrir la experiencia de caer en un colegio con inspectores aterradores, armados hasta los dientes con las hojas de vida del libro de clases y estandartes de guerra con la palabra "condicional" o "expulsado" bordados en filigrana dorada. Mientras trabajaba entre alfombras e incienso pensaba qué bueno que me salvé de esas salas de profesores subrepticios tras cerros de pruebas.
Los meses avanzaban y la realización profesional no llegaba, a pesar ser parte de un proyecto educativo con un método lo suficientemente parecido a mi forma de relacionarme con las personas, no me sentía cómoda, el método me era familiar, pero aplicado en ese entorno me resultaba forzoso y el resto de las personas también parecía notarlo, pero como donde manda capitán, no manda marinero, no había mucho que sugerir, pues el colegio ostentaba en su enorme letrero erigido en la esquina de un barrio residencial de la comuna de Las Condes que aquel método de enseñanza era la última chupada del mate para la gente "alternativa" (con plata) y el director vendía la pomada a cada visitante, ofreciéndole un tour por los distintos ambientes del colegio.
Estábamos 2 profesoras a cargo de dos cursos, dentro del mismo salón, y en teoría los niños debían realizar actividades en conjunto, pero cada día terminábamos cada una por un lado arrinconada con su curso tratando de concentrarse y concentrar a los niños, no había horarios fijos, ni consecuencias claras para reparar daños, en resumen, dentro de la sala funcionaba claramente una niño-cracia, avalada por la única y gran premisa de que "el cliente siempre tiene la razón", y lo peor de todo era que los niños tenían plena conciencia de su posición de ventaja. Claramente mi labor docente quedaba reducida a los caprichos de los alumnos, y que en esas condiciones socioeconómicas se daban a gran escala. Para mi bien, -después lo vine a entender- fui despedida, argumentando razones económicas, realmente el negocio no estaba tan bueno y en una decisión absolutamente opuesta al método, el director había decidido dejar una sola profesora por salón.
Forré santiago con mi C.V. y a fines de abril me llamaron de un colegio que queda cerquita de la Toma de Peñalolén, el propio director me dio las indicaciones de cómo llegar y hasta el número de la micro que me servía.
Tomé 8 cursos de 5º a 8º, cada cual más complicado, los niños carecían absolutamente de cualquier hábito de buen comportamiento, se golpeaban e insultaban como única forma de comunicación, escuchaban música con los audífonos puestos durante las clases, las groserías eran de una variedad y corte mayúsculos, etc., no puedo negar de que al menos 5 de los 45 que había por sala mostraban interés y respeto, pero realmente la fórmula a la cual ellos reaccionaban era el clásico estampado en el libro de clases con eventual citación al apoderado o expulsión, nada nuevo. Como mi forma de ver la vida y, por consiguiente, el proceso de aprendizaje no se relaciona directamente de las amenazas, comencé a practicar un casi exagerado buen trato y poco a poco fui obteniendo resultados asombrosos, mis primeros acercamientos físicos eran en principio incomprensibles para los niños, acercaba mi mano para acariciar su mentón y retrocedían automáticamente anteponiendo incluso sus manos como escudo, pero cuando se fueron dando cuenta que sólo quería hacerles un cariñito para felicitarlos o pedirles más esfuerzo para una tarea, las cosas comenzaron a cambiar. Al cabo de unos meses me entregaron la jefatura de un segundo básico, me sentía como pez en el agua, los niños son capaces o más bien, están esperando que alguien quiera recibir lo bueno que tienen para entregar, los apoderados comenzaron a participar más de cerca en el proceso de aprendizaje de sus hijos, tanto en los contenidos del colegio como en las actitudes que nos ayudan a disfrutar mejor la vida.
Sin quererlo comencé a aplicar algunas cosillas puntuales del método que promovía mi anterior colegio. Con firmeza frente a reglas de convivencia; agradeciendo, pidiendo permiso, por favor, siendo ejemplo en cada momento , logramos generar un ambiente de tanto afecto y respeto que pronto los niños comenzaron a tener mayor comprensión de los contenidos, y sobretodo más interés, siento verdadera alegría cuando un alumno logra un pequeño avance y lo luce con orgullo y yo sólo me encargo de felicitarlo, de contarle a todo el curso y de reafirmarle que era tan fácil, y que ahora nos queda seguir con más desafíos porque lo bueno de esto de venir al colegio es que todo está hecho a nuestra medida y que somos las personas las que hacemos el colegio, que de nosotros depende que las ocho horas de cada día que pasamos ahí dentro signifiquen un tormento o una instancia para aprender a vivir mejor, hacer amigos y darnos cuenta de lo que somos capaces, todo ello para sentirnos bien con nosotros mismos y despertar por la mañana agradeciendo tener la oportunidad de pertenecer a un grupo de personas que intenta lo mismo que yo.
Seguramente esa palabra que se llama vocación no tenga un verdadero significado para quien no lo ha experimentado, nunca quise ser profesora aunque los ejemplos de mi familia me hagan admirar y respetar la profesión con un particular afecto, y aún hoy sigo sin entender lo que llaman vocación, para explicarlo mejor puedo resumir que más importante que cualquier labor es la dignidad del humano que la realiza, porque si de algo tengo certeza es que no podría permitir que alguien diga de mi que soy una profesional mediocre, satisfecha, ése es el punto, porque el error que se comete con todos nosotros es hacernos creer que el proceso educativo finaliza con el título en la mano y todos quienes han vivido antes que nosotros han comprobado que el proceso termina sólo con la muerte, y estar satisfecho con lo aprendido es adelantar la muerte. La vocación si se quiere, prefiero tomarla como vocación por vivir, pero vivir de verdad, encontrando a cada paso que doy un nuevo aprendizaje, humildemente con el único fin de ser mejor persona.

lunes, 7 de diciembre de 2009

Fotografías

Ese día tenía puesto el vestido con florcitas lilas, la vi llegar del trabajo y se veía diferente, menos cansada que otros días. Se cambió los zapatos, se echó crema para peinar en las palmas de las manos y la pasó por su pelo, tomó el chaleco blanco y sus maletas. La vi alejarse al atardecer. El sol iluminaba los pastizales secos y el viento los mecía suavemente. Me quedé parada largo rato hasta que desapareció, podría haber corrido para alcanzarla o gritarle que no se fuera, pero ella no me pertenecía.
Le gustaba sacar fotos y a mi me gustaba jugar con el flash que desocupaba después de varias tomas. Era como un tesoro transparente, cristalino, una misteriosa piedra que encierra un universo minúsculo en su interior. El flash era un cubito que se ponía en la cámara y duraba una cantidad de emisiones, luego había que botarlo y comprar otro, pero ella me los regalaba, aunque recuerdo que siempre se los daba primero a Marcelo, que era más grande y ordenado, pero después de una pataleta de cabra chica fundida, yo siempre conseguía uno.
Cuando me tomaba las fotos se preocupaba que todo saliera perfecto, me encrespaba las pestañas con la tijera y me ponía rubor en las mejillas, me dejaba bien peinada y me ponía un vestido bonito. Luego buscaba un fondo adecuado y probaba el ángulo, casi siempre me subía en una silla o a la cama, me hacía mirar para algún lado, eso era tan agradable, nunca me pedía que mirara a la cámara o que sonriera, sólo decía "ponga las manos en la cintura".
La única vez que miré a la cámara fue el mismo día en que me enseñó a andar en la bicicleta grande, yo estaba tan concentrada pedaleando y tratando que la bici no se me fuera para el lado que cuando la vi acercarse con la cámara, miré para que me dijera algo y me fui derechito al suelo, tengo una linda cicatriz en el muslo izquierdo.
Las fotos venían en una cartulina gruesa, con una copia grande y dos chiquititas iguales, ella sacaba las tijeras del cajón del escritorio, cortaba las fotos y me regalaba una de las chiquititas, ponía las otras en el álbum.
Casi todos sus vestidos tenían cinturón y botones, usaba collares largos de formas y colores muy bonitos, a mi me gustaba el verde, también su paraguas era verde, y a veces sus ojos eran verdes, verdes de fuerza y esperanza.

Victoria se fue, tal como su sobrina lo describió. Juntó algunas cosas, las ordenó y dobló muy bien en la maleta de cuerina, también llevó la máquina de escribir en su estuche plomo con manilla. Dejó la guitarra, seguramente para Marcelo.
Cruzó el potrero que apartaba su casa del camino, sin mirar atrás, llegó a la estación de trenes, respiró profundo, miró el cielo y sintió el aire llenando sus pulmones, calculó la inmensidad del celeste firmamento y pensó ¿para dónde iré?
Había poca gente en la estación, puso sus maletas en el suelo y buscó un lugar para sentarse. Pensó que lo mejor era quedarse en el andén, cerca de la línea por si algún tren paraba, ella estaría lista para subir, al sur o al norte.
Se ubicó en un banco a la sombra y trató de imaginar su nueva vida, se sentía tranquila pues sabía que en cualquier lugar habría una escuela en donde enseñar, mal que mal ella tenía su profesión, algo que no muchas personas lograban por esos tiempos ni pueblos.
Observó que sobre la banca había un periódico, lo tomó para abanicarse, y mientras dejaba su mente vagar libremente, pensó que siempre en momentos en que la vida le ponía encrucijadas, ella sentía en el centro del pecho una intuición que le indicaba el camino, esta vez sintió en el tacto de sus manos que ese periódico era parte de la cadena de elementos y situaciones que el destino tenía reservado para ella, como una pieza clave. A menudo pensaba que alguna sorpresa la esperaba, pero hasta ahora sus expectativas siempre habían sido esperar a que la vida le trajera estas sorpresas en bandeja, pero esta vez era diferente, Victoria había tomado una decisión que le abría un universo de nuevas posibilidades, ahora el destino estaba en sus propias manos.
Comenzó a hojear de atrás para adelante como siempre hacía con cualquier texto que llegaba a sus manos, lo hacía por la misma razón, esperaba una sorpresa y no podía soportar hasta el final, para no irse decepcionando si no aparecía nada, si comenzaba desde atrás llevaba ventaja.
Continuó leyendo sólo las noticias, mirando de reojo todo lo demás, para no viciar la suerte de encontrar lo que no sabía que buscaba. Al fin lo encontró, pero no como ella esperaba, no era un aviso de empleo, sino una columna al borde de la hoja. Hablaba acerca de la oportunidad que estaban entregando algunos países para recibir inmigrantes chilenos, el artículo terminaba indicando que para mayor información se debía dirigir a las embajadas respectivas. El corazón se le apretó y luego se le expandió al máximo, su mente giró mil veces, ¿por qué no?, ¿por qué no salir de Chile?
Estaba muy emocionada, en el aeropuerto pidió a alguien que le tomara una fotografía, con los aviones de fondo, cuando estuviera lejos la enviaría con muchas otras.
Todo era nuevo pero conocido en su mente, tal como lo había imaginado, sabía que el mundo la esperaba. Al pisar suelo extranjero se sintió solemne, única y feliz.
Caminó sin prisa hasta los buses para ir a la cuidad, buscaría un alojamiento y saldría a caminar, por un momento extrañó su bicicleta, pero algún recuerdo la hizo sonreír y siguió feliz caminando y pensando en el futuro.
Un hombre al verla con la máquina de escribir en la mano se acercó y en un pésimo castellano le preguntó si era periodista, ella pudo explicar que era profesora y que por propio interés solía escribir ensayos, pero que acaba de llegar a este país y estaba dispuesta a aceptar cualquier trabajo honrado. Él hombre se presentó como editor de una nueva revista para mujeres, le explicó que estaba intentando crear una sección en donde mujeres extranjeras comentaran sobre temas femeninos.
Victoria aceptó de inmediato, rápidamente consiguió aprender el idioma de ese país y sentirse acogida, gracias al apoyo del editor, quien se mostraba particularmente atento. Eran una pareja muy dinámica, y los proyectos no faltaban. Pero Victoria no podía sacar de su cabeza la idea de partir, a cualquier lugar, miraba el cielo y sentía al mundo tan inmenso y ella una hormiga, los lugares para vivir se le hacían pequeños.
Todo parecía bien, pero para ella sólo era suficiente, sentía hambre de conocer, viajar era todo lo que quería, sus ojos absorbían todo a su alrededor, viajar era su camino.
Hasta ahora sigo recibiendo fotos, de distintos lugares, cada año recibo tres o cuatro distintas. Marcelo ahora es un músico profesional y ya no es tan ordenado como antes. Yo conservo la bicicleta amarilla que mi tía no pudo llevar en su viaje. Me sirve para sentir el aire frío en la cara y pensar en ella.

sábado, 25 de julio de 2009

El género

Hace poco una amiga me contaba cómo observó en una actividad del curso de su hija la marcada característica de solidaridad, empatía y afecto de las niñas v/s los niños. Esto sucedió así:
Era una actividad para el día de la madre en un 1º básico mixto, todas las mamás estaban presentes excepto la de una niña, que lloraba con mucha pena porque su mamá aún no llegaba, mi amiga observó que todas las niñas pasaban por su lado a consolarla, la abrazaban y le decían palabras de aliento. Incluso su hija que hace poco le había contado que aquella niña ya no era su amiga por los típicos conflictos infantiles femeninos.
Los niños no intervenían.
Mi amiga me djo: las mujeres desde pequeñas podemos ser cahuineras, conflictivas, melodramáticas y todo lo que quieras, pero pucha que somos solidarias!!
Otra historia, caminábamos por la playa 3 mujeres y una niña de 6 años, ella dibujó en la arena una familia compuesta de mamá, papá, hermano y hermana. A las mujeres le hizo un corazón en el pecho, nosotras le preguntamos porqué a los otros no les había dibujado corazón y ella respondió que porque eran hombres. Tal vez ya en su medio había percibido esta diferencia de la forma de demostrar los afectos entre niñas y niños.
Observo cómo desde pequeñas las niñas jugamos a las muñecas, donde personificamos roles ya establecidos por la cultura, que nosotras aceptamos y valoramos con cariño, como si jugamos a ser la mamá o la profesora de las muñecas, o si jugamos con las barbies y simulamos ser bailarinas o azafatas, doctoras o mujeres adultas que disfrutan de salidas y paseos, compran ropa y van a salón de belleza. Me parece que pocas veces personificamos con nuestras muñecas a seres ficiticios con superpoderes como lo hacen los niños, las pocas veces que juegan con muñecos, en general los niños actúan personalmente sus personajes, son ellos los superhéroes porque les gusta más la actividad física que la verbal o la sicológica.
Si bien muchas niñas en los juegos proyectivos interpretan roles ficticios de princesas o hadas, en general son personajes pasivos, dulces, orientados al amor y los afectos, los niños en cambio prefieren personajes agresivos, ágiles, no muy enfocados en lo social y sí en lo individual.
Lo que no logro identificar es si esta, es una inclinación aprendida o transmitida genéticamente, donde algunas teorías explican aquello del cáliz y la espada, señalando que la dominación de un género por sobre el otro, no son decretos divinos ni están predeterminados por nuestra biología o genética, sino que surgió de la evolución de hombres y mujeres como entidades antagónicas, en un modelo de dominación.
Otras psicólogas por ahí dicen que sería recomendable mantener las diferencias y junto con ello que las mujeres intentáramos aprender lo bueno de los hombres y viceversa.
Hay una frase de una canción de Serrat que dice:
Y las muchachas hacen bolillo,
buscando ocultas tras los visillos,
a ese hombre joven,
que noche a noche forjaron en su mente,
fuerte pa ser su señor y tierno para el amor.
Ellas sueñan con él y él con irse muy lejos...
Ahí queda bastante clara la diferencia. Puede ser que los modelos que pretendemos enseñar a las niñas estén equivocados en ciertos puntos, creo que jamás debemos perder la ternura ni la capacidad afectiva, pero sería importante comenzar a inculcar en nuestras niñas la valoración no sólo en función de dar y compartir, si no también en la de recibir y llevar la vida por las astas y siempre con cariño a nosotras mismas y al mundo. Y a nuestros niños hablarles acerca de la empatía y la grandeza de los hombres que son capaces de demostrar el amor.

viernes, 19 de junio de 2009

La micro

Las tardes de Mayo a veces tienen un sol blanco, cuando puede se sienta en el rincón con la ventana más amplia de toda la micro, es como una gran pantalla de cine.
Las veredas dejan historias, de pasos dados por gente que también tiene sueños -pero algunos no lo saben-, piensa, mientras el sol tibio de la tarde lo besa en la mejilla.
Durante el ocaso, que dura pocos minutos, aprovecha de meterse por las ventanas de las casas que comienzan a encender sus luces y aún no han cerrado sus cortinas, y quisiera estar ahí dentro, en cada comedor, para tomar té calentito y comer queque y pan con mantequilla. Esa hora antigua, cuando ya todos han llegado y la casa deja de estar fría para reunir a la familia.
Cuando cae la noche y el reflejo de la luz no permite ver el paisaje, intenta a la fuerza mirar las luces allá lejos, no quiere distinguir si la cuidad lo embruja o lo atrapa. Sabe que nunca va a olvidar los letreros luminosos que vio cuando niño; el de las pantys, donde varias piernas bailaban como estrellas, o el de aluminio con un monito mágico, y el de champaña! que te hacía sentir como si fuera año nuevo todos los días. Ninguna luz se iguala a eso.
En las mañanas la micro va tan llena que se pasa una hora mirando los zapatos de la gente, juega a adivinar sus rostros con esa única pista. Luego de revisar sus aciertos o fallos, continúa con la ficha clínica de los pasajeros, intenta descifrar sus maneras de vivir.
Pero cuando llueve, nada es mejor que cuando llueve, aunque el vidrio se empañe, sabe que allá afuera todos huyen y él en cambio, va tan tibio y seguro en su butaca de cine.

martes, 9 de junio de 2009

No me dejes caer en tentación

Sí, lo sé. Esto debería darme vergüenza. Si yo fuera mi madre me pararía frente a mi, clavaría los ojos acusadores y me daría vuelta la cara con una espectacular cachetada de ida y vuelta.
Llegué tarde, estaba solo, es decir, andaba solo. Lo hizo notar, me abrazó fuerte y colgó una frase extra en mi oreja con aliento caliente. La noche pasó larga, canciones, sonidos, roces, humo de cigarro. Afuera sólo una luna gigante caía cuando salimos. Subimos al auto, no quise hablar. La radio tenía canciones que daban la impresión de ser mensajes del inconsciente...Ahora o nunca... sonaba dulce la voz de Ángela Carrasco...me quieres como un niño quiere a su juguete. Lo entendí, pero no quise salvarme. La siguiente canción llegó como borboteo de vino en la garganta; rojo oscuro. Acaríciame... gritaba María Conchita -con ese nombre, seguro sabía disfrutar la vida-.
Llegamos al hotel, entramos a la habitación y tuvo que volver al auto a buscar su teléfono, por si llamaba "ella". Mientras, me quedé sentada en el borde de la cama, sin moverme, miraba fijamente la alfombra de peluche rojo.
Volvió y me tomó por la espalda, desabotonó mi abrigo y me señaló la alfombra. Me desvestí a medias mientras él apagaba la luz. La habitación quedó apenas alumbrada por una pequeña lámpara de acrílico rojo. Terminó de desvestirme, y me dejó boca abajo, cruzó mi espalda con lentos lamidos. Ya estoy aquí -pensé-, metida hasta el cuello. No queda otra, basta de remordimientos, no puedo pensar ahora en su novia ni en mi dignidad.
Me volteó y despacio mordió mis senos, con calma bajó hasta el pubis, separó mis piernas y mojó mi clítoris con un largo beso. Quiere volverme loca -pensé-. Hicimos el amor por horas. Me fue a dejar.
Con razón Oscar Wilde insistía en que se puede resistir todo, menos la tentación.

lunes, 8 de junio de 2009

Deja que llueva


Me pasaría horas en tus ojos sin bastarme,
me quedaría días aquí en tus labios a beber,
me envolvería en el silencio blanco de tu arena
y deja que llueva, deja que llueva.
Caminaría por tu piel descalza y vulnerable,
te ofrecería besos de los de sabor a miel,
me bañaría en tu ternura cálida y serena,
y deja que llueva, deja que llueva.
No quiero saber
lo que hay detrás de cada gota de agua
Ven, deja que el viento haga el resto entre los dos.
Me pasaría horas en tus brazos sin soltarme
me quedaría días así, en tu cuerpo, sin pedir
me encerraría en ese cielo, el que tu me acercas
aunque ahí afuera, sea primavera
No quiero saber
lo que hay detrás de cada gota de agua
Ven, deja que el viento haga el resto entre los dos.
Me pasaría horas en tus brazos sin soltarme
me quedaría días así, en tu cuerpo, sin pedir
me encerraría en ese cielo, el que tu me acercas
y cuando quieras que yo te quiera
deja que llueva, deja que llueva
y cuando quieras que yo te quiera
deja que llueva, deja que llueva...

domingo, 7 de junio de 2009

Estaciones pasadas

El tiempo ha visto cambiar mi piel, cada otoño me deshojo. La miel de mi memoria parece ser un recurso inagotable en los días blancos. Intento juntar capas de sol, pero la fuerza que inventé se debilita y la costra de sal que me envuelve la garganta se agrieta, y un poco de corazón se filtra hacia afuera.
Las calles no acompañan mis pasos, sin olfato doy vueltas como ciego en pueblo nuevo. Ya en mitad del año me ha cubierto el hielo. Duermo sabiamente reservando las energías que aún me quedan.
He sentido suave olor a jazmín en el aire, pero el humo de mi cigarro lo empaña todo. Me pregunto si recuerdas cuando el cielo era amarillo, las pestañas tenían vida y había miel en las mejillas.
En verano, el viento tibio acelera el arroyo de mis venas, la luz me aclara el cabello y matiza mi piel.
Mi pecho tiene vida propia, o muerte propia, no lo reconozco, mis manos y pies me son ajenos. Mi lengua está amarga y se me descascaran los labios un poco más con cada beso que dan.
Por momentos una gota cae, dejando un delgado hilo que cruza hasta mis pies, cae muy despacito, tarda días y noches, lluvias y soles, todas la lunas, y creo se trata de la última. Desnuda puedo mirarme, ya no siento vergüenza, veo que la soledad es de alguien más, porque a mi me acompaña todo el tiempo la dulzura de mi amor.